martes, 13 de mayo de 2014

EL RINCÓN FAVORITO DE... JESÚS ÁLVAREZ: LA IGLESIA DEL CONVENTO DE SANTA CLARA DE MÉRIDA (ACTUAL SEDE DE LA COLECCIÓN DE PIEZAS DE ARTE VISIGODO)


Debo indicar que en mi ciudad natal, Mérida, tengo muchos lugares favoritos para escoger donde me siento bien. No obstante he seleccionado un lugar de entre todos ellos, por los recuerdos que me trae sobre todo de mi infancia y de mi adolescencia. Se trata de La Iglesia del  Convento de Santa Clara, que ha sido durante muchos años sede del Museo Arqueológico de Mérida.


Edificio del museo visto desde la Plaza de Santa Clara

Por Real Decreto en 1975 (año del Bimilenario de la Ciudad) paso a denominarse Museo Nacional de Arte Romano. Más tarde  la mayoría de las piezas allí expuestas pasaron  a la nueva sede del Museo Nacional de Arte Romano, inaugurado en 1986.

Como todos sabemos hoy día la Iglesia del Convento de Santa Clara es la sede de la colección  de las piezas de arte visigodo.

El Convento de Santa Clara fue fundado en 1602 por Lope Sánchez de Triana, médico emeritense, si bien la culminación de su obra no se llevó a efecto hasta la mitad del siglo XVII, habiendo intervenido varios maestros a lo largo de este dilatado periodo. El templo es una de las mejores obras del barroco clasicista o severo con que cuenta Mérida, según apuntan los historiadores Yolanda Barroso y Francisco Morgado en la Guía de Mérida escrita por ambos.

En 1838, en plena Desamortización de Mendizábal, el Estado Español cedió la Iglesia de Santa Clara al Ayuntamiento de Mérida para que allí se instalaran las piezas arqueológicas encontradas en la ciudad. El Convento que se encontraba adosado a la Iglesia se vendió a  particulares.
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Vista general del edificio por la zona de entrada

Mis recuerdos se remontan desde mi más tierna infancia y luego a través de los años hasta que prácticamente se construyó el nuevo museo. Mi padre José Álvarez Sáenz de Buruaga, arqueólogo, fue director del Museo Arqueológico desde el final de la década de los 40 del siglo pasado, hasta su jubilación en 1985. El hecho de que el tuviera allí su despacho, hizo que yo desde niño frecuentase este lugar, primero con mi madre Carmen Martínez Finch y más tarde solo o con mi hermano José María (Chema) y algún que otro amigo.

Recuerdo que para acceder hasta el despacho donde trabajaba habitualmente mi padre, era primero  necesario atravesar una serie de dependencias, cada una  de las cuales tenía una particularidad.

En primer lugar para entrar en el edificio, como sucede hoy día, tenías que atravesar parte del pequeño jardín. Era frecuente que en la puerta estuviera el conserje, el cual junto con el director y la señora de la limpieza constituía la plantilla del museo. A lo largo de los años conocí a varios conserjes todos ellos muy entrañables. El más antiguo de todos, Antonio Salguero, había tenido mucho contacto con D. José Ramón Mélida y con D. Maximiliano Macías, grandes precursores como todos conocemos de la arqueología emeritense.

Una vez atravesada la puerta de entrada del edificio, se accedía a la conserjería, pequeña habitación dotada de un par de sillas elementales de madera, una estufa en invierno y de una pequeña mesa. Esta mesa, muy característica, especie de pequeña vitrina dotada de un cristal en su parte superior, donde se guardaban los talonarios de entradas, folletos y guías explicativas del museo y de la ciudad que estaban a la venta. Después de saludar e intercambiar algún dialogo con el conserje, desde esta habitación se accedía por otra puerta a la Nave Principal del museo, la cual fue en otro tiempo la iglesia del Convento de Santa Clara.
  
 Nave principal en la actualidad (Colección Visigoda)


En ese preciso momento si se articulaba alguna palabra, o simplemente al cerrar la puerta que habíamos atravesado, se producía un eco y a la vez una reverberación del sonido como consecuencia de los grandes espacios vacíos en altura; esto producía una sensación de solemnidad, algo así a como cuando se entra en una catedral.

Una vez dentro de lo que fue la iglesia del  convento, si mirabas hacia arriba podías ver como sucede ahora la cúpula  de la iglesia. También en ese momento se apreciaba una visión general de las piezas allí expuestas. En el nivel donde nos encontrábamos al entrar (antiguo altar mayor de la iglesia), se encontraba como esperándonos, postrado, la escultura que representaba a la divinidad acuática de Océanos,  figura encontrada  en la zona de la Plaza de Toros junto con otras esculturas dedicadas a Mitra. Hoy día se piensa que no se trata de  Océanos, si no una representación personificada del  Rio Anas (Rio Guadiana).  

Bajando un par de escalones te encontrabas con una gran cabeza de Toro (ménsula) la cual apareció  en su día en la zona del Foro Municipal. Yo personalmente siempre he dudado de que se trate de un toro, para mi más bien parece un bisonte por su aspecto morfológico. A partir de allí una serie de vitrinas en cuyo interior se exponían diferentes objetos de la vida cotidiana: cerámica, piezas de hueso, vidrios, monedas, joyas, algunas terracotas y pequeñas esculturitas representando a dioses o emperadores. También alguna mascara de teatro, ajuares y lucernas. A mí me llamaba la atención una cascara de huevo dentro de un recipiente de cerámica común, que al parecer fue cocido en época romana y también la pequeña figura articulada de Tydides, especie de sonajeros para los niños. 

 Vista interior del Museo Arqueológico de Mérida.-Marcial Bocconi. Inicios Siglo XX

Si me paraba  y miraba al fondo y a los lados desde el centro de la nave, se podían ver la mayor parte de las esculturas. En el fondo presidian la pared a un nivel algo más alto, las esculturas de Ceres, Plutón  (hoy día dicen los estudiosos que puede tratarse del dios Serapis) y Proserpina junto con bustos de personajes con traje militar sin cabeza, todas estas esculturas eran las originales que estuvieron  colocadas entre las columnas de la escena del Teatro Romano. También en el fondo una escalera de siete u ocho peldaños daba acceso en un nivel algo superior, a una gran sala dedicada fundamentalmente a la vida funeraria y epigrafía de la época romana. En los laterales  de la nave principal se exponían otras esculturas, destacando las encontradas referentes a  Mitra en la zona de la Plaza de Toros. A mí siempre me ha gustado mucho la figura femenina que representa a la diosa Isis, siempre la he visto muy estilizada y elegante aunque le falta como a otras muchas esculturas la cabeza.

Siguiendo nuestro recorrido hacia el despacho, atravesabas una puerta situada a la izquierda, la cual daba acceso a una sala de tamaño considerable, donde estaban expuestas todas las piezas correspondientes a la Época Visigoda, destacando sobre todas ellas un altar de piedra. Esta habitación daba a la Plaza de Santa Clara a través de una gran ventana protegida por una fuerte reja. Por esta ventana entraba luz natural y prácticamente no hacía falta luz artificial. Cerca de la ventana subía una escalera de noble mármol blanco la cual nos llevaba directamente al despacho. Al subir esta escalera se volvía a producir un de eco parecido al descrito para la nave principal y al abrir la puerta del despacho situada al final de la escalera retumbaba el sonido de forma similar. En más de una ocasión siendo niño me caí por esta escalera con el consiguiente susto que se llevaban mis padres.

 Mi padre, José Álvarez Sáenz de Buruaga sentado en su despacho. Año 1954

Por fin accedíamos al despacho donde trabajaba mi padre. Curioso era que no podías llegar por sorpresa, pues entre el sonido de la puerta y el chirriar del suelo de madera del despacho, resultaba prácticamente imposible. Una vez había o habíamos saludado a mi padre, siempre nos llamaba la atención cuando éramos niños, una puerta de madera situada a media altura en la pared frente a la mesa de despacho de mi padre y una escalera de madera por debajo que permitía llegar hasta la misma. Esta puerta pequeña siempre cerrada con dos cerrojos, daba acceso a una escalera situada detrás de la misma y que era el único camino para poder acceder hasta la terraza, situada esta por debajo de la torre de sección cuadrada del edificio, la cual le da prácticamente toda la personalidad al mismo desde el exterior, o sea desde la calle. A continuación otra escalera metálica exterior permitía subir casi hasta la torre, pero nos daba miedo y no solíamos alcanzar el ultimo escalón. En algunas ocasiones cuando mi padre nos dejaba subir hasta la terraza, constituía una aventura en gran medida, por que una vez en ella podíamos ver a las cigüeñas de cerca y a las palomas.

A veces sucedía que cuando entrabas en el despacho no se encontraba en el mi padre, sobre todo en verano. La razón no era otra que en la parte baja, dando al callejón que separa el Hotel Mérida Palace y el museo había unos almacenes y también unos aseos. Mi padre para pasar menos calor en verano se refugiaba allí con el fin de poder trabajar mejor, para lo cual disponía de un despacho muy rudimentario, constituido por una mesa de madera plegable y su silla, similares ambos elementos  a los que había antiguamente en algunos bares y tabernas. Tampoco podía faltar un pequeño ventilador para la cara. Estos almacenes también daban al Plaza de Santa Clara y la ventana estaba situada muy cerca de la Cafetería del Restaurante “El  Lusi”.

Después de haber hecho un recorrido por la mayor parte del edificio para poder llegar hasta el despacho, o buscar a mi padre cuando no se encontraba en el mismo, ahora quiero reflejar una serie de anécdotas que hacen que la Iglesia del Convento de Santa Clara sea para mí un lugar especial. Algo más que lo que es hoy, sede de la Colección de Arte Visigodo.


Dibujo de Sileno, firmado por Carmen Martínez Finch, mi madre (años 40-S. XX)              
                                    
Mis padres se conocieron en este lugar y además de una manera muy bonita. En los años cuarenta del siglo pasado, antes de contraer matrimonio ambos, y siendo ya mi padre director del Museo Arqueológico, mi madre se dedicaba a dibujar y a pintar. Había cursado estudios en la Escuela de Artes y Oficios de Mérida que, según tengo entendido, estaba situada en la actual calle Marquesa de Pinares. Mi madre, para practicar, pidió permiso a mi padre para dibujar las piezas que le gustaban del museo, fundamentalmente las esculturas romanas. Cada día que ella dibujaba y coincidía que mi padre pasaba cerca, el veía sus dibujos y poco a poco sin darse cuenta acabaron enamorándose.

También es digno de destacar que en un verano se desarrollaron obras de teatro clásicas en la Plaza de Santa Clara (no he podido encontrar referencias sobre que año), creo que el motivo estaba ligado a obras de restauración en el escenario del Teatro Romano, las cuales impidieron temporalmente que las obras de teatro se representaran en el Teatro Romano, como hubiera sido lo habitual. Recuerdo como yo siendo un niño vi la representación de Antígona, junto con mis padres, desde la gran ventana descrita anteriormente de la sala visigoda. Por cierto, pase algo de miedo esa noche cuando me movía por la nave principal casi a oscuras entre las estatuas. Recuerdo que el escenario estaba delante de “El  Lusi” por lo que estábamos muy cerca del mismo.

Otra anécdota era contemplar desde el museo por la ventana anterior, los puestos  de melones y sandias del mercado que se constituía anualmente en la Plaza de Santa Clara y aledaños. Los agricultores dormían “in situ”, a la intemperie, y siempre disponían de unas mantas para para protegerse del relente nocturno y mañanero. Estos personajes siempre iban provistos de su romana clásica y permanecían en la Plaza de Santa Clara hasta que vendían del todo sus productos.

Para mi hermano, algunos amigos que nos acompañaban y yo, era muy típico en domingos y festivos (si no estábamos en Proserpina), llamar a mi padre desde la terraza de “El  Lusi” (situada en la Plaza de Santa Clara), para que dejase por un rato el trabajo y se viniese a tomar una copa con nosotros, a lo cual solía acudir gustosamente (mi padre no descansaba nunca los fines de semana y festivos salvo en contadas ocasiones). Bueno, lo de tomar copas se produjo ya cuando éramos más mayores. Como no había teléfonos móviles alguno de nosotros se acercaba  a la ventana y lo llamaba. 

Fotografía junto al busto de mi padre en el jardín del museo

El día diez de Diciembre del año 1997, en homenaje póstumo a  mi padre, se colocó un busto suyo, obra del escultor local Eduardo, en el jardín del Museo. El sitio elegido fue este debido a que una gran parte de su vida profesional la desempeño en este edificio, y el día muy señalado, ya que se celebraba la festividad de Santa Eulalia y mi padre era muy devoto de esta Santa.

Quiero que este modesto escrito sirva de homenaje a mis padres y a todas aquellas personas que trabajaron en el museo y a los que lo hacen hoy día.

Mérida  a 10 de Mayo de 2014
Jesús Álvarez Martínez

5 comentarios:

  1. Hermoso relato, me has hecho viajar en el tiempo y en el espacio, haciendome imaginar como si yo hubiera estado ahi. Claudia Guerra

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  2. Genial Jesús. Aún me recuerdo, a mi abuelo, narrando la historia de cuando visitaba el Convento, convertido en Cine Ponce de León y viendo cine mudo.... de la Plaza de Santa Clara o plaza de los melones...jejejej, En verdad cuantas cosas se nos escapan y que bueno,bonito y barato, es recordar. A. Casado

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  3. Muy boniti tu relato me has tralasladado al pasado

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  4. Muy bonito Jesús, a mi también me has hecho recordar mi infancia y mi juventud, mi infancia porque iba al colegio de las josefinas, que bien sabes, se ubicaba en la calle Obispo y Arco, y jugábamos mucho en la plaza Sta Clara, y mi juventud, porque frecuentábamos mucho el Lusi y nos sentábamos mucho en su terraza a tomarnos la cervecita.
    Gracias por este bonito recuerdo.
    Besos

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  5. Sebastián Moreno15 de mayo de 2014, 11:29

    El amigo de mis años juveniles, felizmente reencontrado, hace un retrato entrañable de relación paterna en un lugar de sensaciones y recuerdos de una Mérida de nuestros juegos, de nuestros sueños, de nuestros miedos, de nuestra libertad adolescente, en definitiva de nuetra vida. Felicidades "Cotete". Un saludo, Sebastián.

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